Sudacas en Amsterdam

Foto David Guzmán
(c) Foto David Guzmán

Por: David Guzmán Játiva

“Sí”, nos dice un hombre que sonríe maliciosamente, y afirma con la cabeza, y sonríe, “Es por aquí”, señala en inglés, y muestra un paisaje de nieve, techos puntiagudos y luces rojas. Hacia allá justamente mirábamos, sin decidirnos a seguir, pues perderse con este frío sería mortal. Y el hombre, un borrachín o un marinero portugués, se olió lo que buscábamos, y nos dijo que efectivamente ese era el camino.

Avanzamos por la orilla de un canal y de inmediato divisamos las primeras sex shops. Y luego, a las mujeres exhibiéndose tras los cristales de sus respectivas vitrinas dormitorios. Permanecen de pie, o sentadas, mostrándose, y tras ellas se distingue la silla, el tocador y la respectiva cama. Cuando una de las mujeres conquista un cliente, lo hace entrar, corre una cortina sobre el cristal, y listo.

La principal virtud de Amsterdam es la tolerancia. Se deja hacer, siempre que no provoque daño a los demás. Por eso, además de la prostitución, también está permitida la droga, que se vende en fumaderos, cafés y tiendas de la zona turística. Desde chupetes de marihuana hasta un Almuerzo desnudo que se despliega en las mesas a media luz y que incluye hachis, marihuana y hongos alucinógenos.

Nos detenemos frente al teatro Rosso, que tiene un elefante de luces de neón en la fachada. “Va a empezar. Cuesta 30 euros- dice un sombrío italiano- y arranca en diez minutos”. “¿Qué se presenta?”, indagamos. “Sexo en vivo, durante media hora.”. Mirar, junto a 50 pelagatos, a una pareja que fornica sobre el escenario no me parece tan seductor.  Le decimos al hombre que vamos a dar una vuelta, que es nuestra manera de decir chao.

Es vísperas de Navidad, y aunque el barrio carece de arbolitos, algunas chicas lucen gorros de Papá Noel y bikinis rojos con blanco. Durante casi una hora hemos pasado de un lado a otro, de un canal a otro, hipnotizados por este espectáculo para marineros. Porque Amsterdam ha sido siempre una ciudad de marineros: germanos y vikingos que iban o venían del Báltico hacia el Atlántico y allende mares más lejanos.

Una chica nos llama con un dedo desde detrás del cristal. “Hola”-le decimos. Preguntamos el precio y su lugar de origen. 50 euros. Austriaca. Es un hembrón. “¿De dónde son?”-pregunta en inglés, en medio de una sonrisa, cuando ve que no nos animamos a entrar. “Sudamericanos”. “Ahh-dice esta muñeca rubia y de tetas olímpicas- muy lejos”. Y sonríe mientras cierra la puerta de su vitrina.

  • La ciudad de los canales

Holanda (Aunque su nombre oficial es Países Bajos) tiene un territorio muy pequeño. Es la cuarta parte del Ecuador y posee su misma población. O sea, hay muchos holandeses y poco espacio.  Por eso han sido estupendos navegantes, fundadores de ciudades (como Nueva York, que se llamó Nuevo Amsterdam y que los holandeses vendieron a los ingleses), colonizadores de territorios lejanos, como en Sudáfrica y como en el Caribe, donde Curazao y Aruba son holandesas.

Por eso también le han ganado espacio a la mar: edificaron diques (muros con compuertas) lejos de las playas, en medio del agua. Los diques contienen al mar, y hacia el continente, donde antes había agua, ahora hay ciudades. Las compuertas de los diques se abren para que  el agua corra por los canales, como en Amsterdam.

Caminamos por estas calles luteranas, musulmanas, judías en busca de comida. Damos vuelta aquí y allá, en medio de la nieve que cae, resbalando en el suelo congelado, deteniéndonos frente a los restaurantes argentinos, mexicanos y árabes que proliferan en la ciudad. Al fin, entramos a uno árabe. Pedimos pollo, en inglés, y antes de sentarnos cruzamos unas palabras en español. El camarero nos pregunta, en un español con acento indefinible, de dónde somos. “Perú y Ecuador. ¿Y tú?, “¿De dónde eres?”, le pregunto. “De Nicaragua”, replica alegremente. Tiene cara de libanés, turco o hasta de pakistaní. “¿Eres de Argelia?” “No, soy de Nicaragua”. “¿Irak?” “No, dice muerto de risa, soy de Nicaragua”. “Ajá. Hmmm. ¿Pues cuál es la capital de Nicaragua?”. El hombre pone cara de palo y  nos echamos a reír.

Volvemos al día siguiente donde el nicaragüense, que nos confiesa su nacionalidad egipcia. Pero aunque es árabe, no es musulmán. Es cristiano copto. Los coptos son mayoría en Etiopía. En Egipto son una minoría perseguida. Fuera de esos dos países, no hay coptos en otros lugares. Al cabo de unos minutos, el nicaragüense egipcio copto se larga a hablar contra Alá y sus fieles que lo persiguen, mientras afuera la noche de Amsterdam brilla iluminada por la nieve y por sus luces rojas.

  • La Casa de Ana Frank

Los Frank se ocultaban en un desván secreto. Las ventanas del refugio estaban siempre cerradas y en los cristales había cartulinas negras que los protegían de la mirada exterior. Ana había pegado recortes de periódicos en las paredes: la caricatura de un hombre que reflexiona, fotos de flores, el retrato de Greta Garbo. Los recortes de periódico eran las únicas ventanas que les quedaban.

Se explican muchas cosas durante la visita. Hay frases de la autora de los diarios en las paredes. Un video en el que habla su padre, que sobrevivió al genocidio. Unas declaraciones de la mujer que encontró los diarios y los guardó, después que los soldados se llevaron a la familia.

Vivieron en las sombras, moviéndose como gatos. No podían hablar muy fuerte, ni tirar del agua ni caminar muy aprisa. Vivieron como fantasmas durante largos días, y largos meses, hasta que al fin los descubrieron y los enviaron a un campo de concentración.

Nunca se supo quién los denunció.

(c) Foto David Guzmán

 

  • Querido Vincent

Compramos boletos y Hubert, un economista de Arequipa, alquila un audio-guía antes de iniciar nuestra visita al museo dedicado a Vincent. Sí, a Vang Gogh, que era holandés.

La primera sala refleja los orígenes de Van Gogh como pintor. Mientras contemplo los paisajes impresionistas, un poco bucólicos, pienso que la vida es una broma macabra. Van Gogh era pobre y viejo cuando comenzó a pintar. Nunca vendió un cuadro. Y ahora gente de todo el mundo paga 15 euros para entrar a su Museo, y sus cuadros se cotizan por miles de euros, dólares y próximamente yuanes.

Me detengo frente al retrato que hizo de Gauguin. Su amigo y colega se ve muy sereno. Es una especie de epifanía a la amistad. Van Gogh ya ha abandonado el impresionismo y ahora atraviesa fu primera fase expresionista. Rápidamente, en la siguiente sala, el expresionismo del pintor se convulsiona, los colores giran afiebrados. Allí están los turbadores remolinos en el cielo. El azorado cartero en un café. El trigal con los cuervos infernales que lo sobrevuelan. Son sus últimos cuadros.

Me siento muy cansado. Ya es noche cerrada y ahora sí hace frío de veras y comienza a nevar. He comprado una postal que reproduce al Van Gogh con la venda atada a la cabeza y la pipa en los labios. No sé por qué escogí esta postal. Quizá porque Van Gogh nos ha pervertido a todos. Porque al volarse la oreja abrió una senda que ya no podemos seguir. A menos que decidamos matarnos.

Cuando Hubert sale se encuentra excitado. Comienza a hablarme de la pintura de los cuervos, de la profundidad, del vuelo y los colores. Me parece al mismo tiempo increíble y natural lo que le sucede. Sonrío al pensar que las explicaciones del audio-guía hayan logrado conmoverlo.

  • El lado nuevo

Una gabarra nos lleva al lado moderno. Los pasajeros viajan en silencio, de pie o sobre sus bicicletas. Cuando la barca toca la otra orilla, la gente se dispersa, las bicicletas echan a rodar, y al cabo de unos minutos las calles quedan desiertas.

Del lado moderno están los edificios de las multinacionales, los laboratorios científicos, las oficinas financieras. Holanda es uno de los países más ricos del mundo. Aquí están la ciencia, el dinero y la pesadilla nuclear: el gobierno no ha desmentido todavía que tiene armas nucleares de EE.UU. en su territorio.

Del otro lado, del lado viejo, estaban la historia, el arte, la desinhibida existencia de los marineros, la canción de Jacques Brel que dice:

En el puerto de Amsterdam / los marineros cantan / sueños que los obsesionan / a lo largo de Amsterdam…

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