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A puerta cerrada (1948)

Por Rosario Castellanos

Aparece por primera vez en Suma Bibliográfica, núm. 15, agosto-septiembre de 1948, pp. 563-564

Concebir el infierno es propio de los humanos, quienes se asisten, para lograrlo, de su propia y cotidiana experiencia. Resulta siempre una especie de consuelo de tontos el pensar que en dimensiones ajenas a las nuestras las cosas pueden ser tan malas o peores.

La idea del infierno es tan vieja como la del cielo. Pero más atractiva. Cuando decimos cielo nos representamos inmediatamente ángeles con caireles tañendo el arpa, beatitudes inmóviles, bostezos infinitos. En cambio, en el infierno agotamos la imaginación inventando tormentos, disponiendo escenarios escalofriantes.

Cada época tiene su infierno adecuado. Los griegos, un poco frívolo y nunca demasiado convincente por el que vagaba Orfeo en busca de Eurídice. La Edad Media, el dantesco espectáculo de esperanzas perdidas, olor a piedra azufre y calefacción central. Y esta era, presidida por el siglo de Freud, tiene, como es natural, un infierno psicológico, más refinado, más complejo, más sutil. Lo insinúa, lo proyecta May Sinclair en ese magnífico cuento que se titula “Donde el fuego nunca se apaga”, en el cual el castigo al pecado consiste en hacer padecer a las personas que lo cometieron, su mutua y eterna compañía.

Otto Weininger escribió en su diario íntimo que el pecado original es la soledad. Y la penitencia es la sociedad. Bien puede ser cierto. Las relaciones entre los hombres forman una enredada madeja en la que ya no alcanzamos a advertir qué hilos nos ponen en contacto con los otros, quiénes están a nuestro alcance y a merced de quiénes nos hallamos nosotros. Pero sí sentimos, y a veces muy agudamente, el daño nos hace cualquier movimiento ajeno, basta que sea ligeramente cercano. Y preferimos ignorar cómo nuestros impulsos desgarran o atropellan a quienes nos rodean.

Ambas tesis (la de May Sinclair y la Weininger) se fusionan y sintetizan en Jean-Paul Sartre quien, como de costumbre, las lleva hasta sus últimas consecuencias y en una obra teatral en su acto A puerta cerrada, declara: “El infierno son los demás”.

El decorado es muy simple: un salón segundo imperio, un bronce muy pesado, un cortapapel inútil y –detalle importante− ningún espejo. Un camarero correcto y discreto conduce allí a los huéspedes. Llega primero Garcín. En vida fue pacifista y acaso cobarde. Gustaba también atormentar a su mujer porque era muy fácil hacerlo. Contempla su alrededor extrañado de no encontrar por ninguna parte los instrumentos del martirio. El camarero sonríe como el que está acostumbrado a esta clase de reacciones y observa que esos instrumentos ya no se usan. Han pasado de moda y no son necesarios.

¿En qué consiste, pues, el horror y la desesperación de este lugar? Pronto lo sabrá. Inés Serrano –homosexual, también sadista−, es enviada por “Ellos” al mismo salón. Y para integrar la figura perfecta, al triángulo llega, por último, Estelle, infanticida y adúltera. Estos elementos mezclados y agitados bastan para constituir el suplicio. Entre ellos se establecen corrientes de simpatía, de rivalidad, de desprecio, de celos. Y cada uno, sumergido en su propio drama, trata de inducir a los otros a comprenderlo y a compartirlo, de arrastrarlos a su órbita. Inés adivina entonces la intención de “Ellos”. Es muy sencilla. Han realizado una economía personal: suprimen al verdugo y convierten a cada condenado en verdugo de los demás y “como en los restaurantes automáticos el cliente se sirve a sí mismo su ración”.

La obra mantiene un ritmo y una tensión constante. Dos o tres palabras son suficientes a Sartre para caracterizar a sus personajes. No cae nunca en un exceso de imaginación. Es más bien mesurado, y tiene razón. Si hubiera exagerado un poco tal vez hubiera logrado una realista escena de la vida familiar.

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