Tejiendo Puerto Piñal

Por: Rodolfo Ramírez Soto

PACHÓN, Carlos Enrique. La ciudad bajo el río. Fondo Mixto de Promoción de Cultura y las Artes del Meta. Primera Edición. Villavicencio, marzo de 2008.

Carlos Enrique nació en Villavicencio, Meta, en 1973. Desde 1998 su nombre ha venido apareciendo entre los ganadores, o las menciones especiales, de varios concursos regionales y nacionales: Premio Departamental de Poesía –Ministerio de Cultura y el Fondo Mixto de Cultura del Meta–, Mención Especial en el Concurso Latinoamericano de Poesía –Universidad Externado de Colombia–, Premio Nacional de Poesía –Universidad Metropolitana de Barranquilla– y Mención Especial en el Concurso de Poesía “Eduardo Carranza” –realizado en Sopo / Cundinamarca–, entre otros. Apartes de su trabajo se han publicado en revistas como Puesto de Combate, Casa Silva o Golpe de Dados y una muestra del mismo fue además seleccionada para hacer parte de la Antología de la Poesía Colombiana Actual realizada, en el 2007, por la Revista Alhucema de España. Ha publicado el poemario “Casa en desuso” (Universidad de los Llanos – 2005), que fue el libro con el que ganó el premio otorgado por la Universidad Metropolitana de Barranquilla, y en marzo del 2008: “La ciudad bajo el río”, el primero de sus trabajos en prosa que ve la luz en el formato de libro.

“La ciudad bajo el río” es la novela breve que, Milcíades Arévalo, Guillermo Martínez González y Evelio José Rosero –jurados del certamen–, seleccionaron como ganadora de los Premios de Literatura del Departamento del Meta –convocados por vez primera en la región en el año 2007–. La novela se divide en diecinueve capítulos distribuidos en nueve partes que dan cuenta de la historia de Puerto Piñal, un pueblo que acaso tenga la misma historia que cualquiera de los pueblos de Colombia; es decir, una historia que tiene que ver con los desplazamientos forzados, los asentamientos ilegales y la violencia de nuestro pueblo en guerra. No obstante, no son ellos los elementos centrales de este trabajo, cosa que se agradece pues se distancia de ese gusto que últimamente vienen encontrando algunos de nuestros autores nacionales por estos lugares –para nosotros– comunes, sino que aparecen como obligado entramado de fondo que contribuye al desarrollo de la historia.

Lo más elaborado de “La ciudad bajo el río” es la manera en que la novela es narrada. Varias historias se entrelazan como piezas de un rompecabezas para hacernos ver Puerto Piñal. Y escribo ‘ver’, en tanto que al entramado ya mencionado se suma el empleo constante del ejercicio descriptivo; lo que convierte al paisaje en uno de los elementos de mayor importancia dentro de este trabajo narrativo. En lo que respecta a los narradores de estas historias que Pachón teje, no son más que dos y se encuentran bien definidos: un narrador en primera persona que a manera de remembranzas nos cuenta dos momentos de diferentes épocas de su vida –uno referido a la infancia y a la emoción que le suscitaba visitar el pueblo; y otro referido a la juventud y a la visión nostálgica que reconoce ya crecidos y cambiados a los viejos amigos de la niñez–. Y un segundo narrador que es el clásico narrador omnisciente. En este último narrador recae la responsabilidad de contar los pedazos de la novela que hacen referencia directamente al origen y la historia del pueblo. Hay además tres capítulos, que a su vez son partes de la novela en sí mismos, que en principio parecen desligados de la trama anterior, pero que una vez terminado de leer el libro justifican su presencia en un intento del autor por dar explicación a los cabos sueltos que han quedado en cada uno de los capítulos entramados en la línea principal. De allí que estos capítulos adquieran una importancia tal como para ser a su vez partes de la novela, pues pretenden ser los cónclaves y enlaces conectores que dan sentido, o acaso sea mejor escribir: tratan de dar sentido dado que este es un punto débil de la novela, a los diferentes asuntos que han quedado pendientes de explicación en la narración. A pesar de este último detalle, me encuentro de acuerdo con la apreciación de los jurados cuando expresan en su concepto que “La ciudad bajo el río” es una “novela de buena factura, ligada al paisaje y la evocación contemplativa…”

El concepto de los jurados continúa diciendo que la novela hace uso de una “… prosa justa y equilibrada…” Apreciación que, contraria a la anterior, resulta estar desacertada, pues justamente es el desequilibrio la principal característica de la prosa de Carlos Pachón en este trabajo. Hay pasajes bellos y bien logrados, por supuesto, como por ejemplo: «Alguna vez fui un muerto que quería pasar inadvertido y terminé siendo el más activo de los mortales. Quise ser invisible y me saludaban como a un vivo.» No obstante, el texto se encuentra lleno de ripios y partes desafortunadas que hacen sospechar a un lector atento en acaso quizá falta de rigor. Una muestra de lo anterior es la siguiente: “Enoc revivió sus pasadas virtudes de comerciante” (pg 62). Uno no puede dejar de preguntarse: ¿virtudes de comerciante? Sabemos que una de las acepciones de virtud, valga mencionar que no es la primera ni la más común, nos permite entender el término como haciendo referencia a una acción que alguien realiza excepcionalmente bien, digamos “un pianista virtuoso” Sin embargo, esta acepción se desdibuja cuando no es a una sino a un conjunto de acciones al que hace referencia, como en el caso de “un comerciante virtuoso” donde ya no se entiende muy bien la referencia a alguien que es muy bueno en algo, en este caso en comerciar, sino que más bien se enturbia y tiende a confundirse con el uso de la expresión en su primera acepción; es decir que solemos entender “un comerciante virtuoso” como un comerciante honesto y recto en todas las actividades que realiza. Ahora bien, si además la palabra no se está refiriendo a una acción sino a un conjunto de características que reúne alguien y que le hacen sobresalir al realizar una actividad, el término en cuestión definitivamente está mal empleado, pues en tal sentido no hay  “virtudes de comerciante” así como tampoco existen las “virtudes de pianista”. “Cualidad” o “aptitud” funcionarían mucho mejor en aquel pasaje en el que por demás “viejas” debería reemplazar a“pasadas”, en aras de una mayor claridad: “Enoc revivió sus viejas cualidades de comerciante”. Otra muestra de desatención es la siguiente: “La Cigarra era la primera librería completa de la ciudad, por donde uno podía caminar entre los libros, […]” (pg. 36), en este caso la preposición que debe acompañar al adverbio, en tanto que se hace referencia a una situación particular que se da en un lugar –a saber, la librería–, no es ‘por’ sino ‘en’ (o incluso ninguna en tanto que el uso de ‘en’ es opcional si nos atenemos a la RAE): “La Cigarra era la primera librería completa de la ciudad, en donde uno podía caminar entre los libros, […]” o  “La Cigarra era la primera librería completa de la ciudad, donde uno podía caminar entre los libros, […]” Así pues, si bien es cierto que estas no son desatenciones mayores y que un buen trabajo editorial fácilmente las hubiera identificado, también lo es que faltas de este tipo son reiterativas dentro de la novela y que dan al traste con lo que podríamos considerar una “… prosa justa y equilibrada…”

Por todo lo anterior “La ciudad bajo el río” es un trabajo mediano lamentablemente, más que nada por las desatenciones de su autor. Sin embargo, es también el anuncio de futuras buenas novelas de Carlos Pachón, pues se percibe en ella un ejercicio que marca diferencia y que se aventura por derroteros que se alejan del facilismo y la narración plana que caracteriza nuestros días.  Ahora bien, más allá de las consideraciones técnicas que pueda expresar al respecto de la novela, no quiero dejar de mencionar que esta cumple, sin importar su valor literario, con una función más importante y acaso más urgente: la de venir a darnos noticia de la literatura actual que se está realizando en los llanos; y si bien es cierto que no es más que una muestra mínima, es un precedente valioso que despierta nuestro interés y nos hace volver la mirada hacia las letras de una región de la que más bien poco se sabe de su literatura. Confiemos pues en que se mantengan los premios convocados por el Fondo Mixto de Promoción de Cultura y las Artes del Meta; y que conforme al avance de sus versiones se robustezcan y consoliden como los más importantes de la región en cuanto a lo de la promoción de sus autores se refiere.

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